EXPERIENCIAS EN TORNO A LOS
DERECHOS SEXUALES DE LAS Y LOS JÓVENES
El Consejo Nacional de Población
(CONAPO) estimó en 2009, que 35 millones 649 mil 457 personas se ubicarían
entre los 12 y los 29 años de edad, con lo que uno de cada tres habitantes en el
país se ubica en este rango[1].
La presencia mayoritaria de jóvenes en México, exige de la actuación coordinada
e interdisciplinaria de las instituciones y los agentes involucrados en la
atención de las y los jóvenes para superar las desigualdades económicas,
educativas y sociales; que construyan un espacio social que contribuya al
ejercicio de la sexualidad como un derecho humano. Esto implica reconocer que
las y los jóvenes inician su vida sexual entre los 15 y los 19 años (Encuesta
Nacional de la Juventud 2010). Además de que más de la mitad de los jóvenes no
utiliza ningún método de prevención para evitar las infecciones de transmisión
sexual, VIH/SIDA, violencia sexual o prevención del embarazo en su primer
relación sexual.
Los indicadores oficiales muestran que
a pesar de que las y los jóvenes conocen medidas anticonceptivas, no se
garantiza su uso mostrando que la información no forma el pensamiento ni la
transforma en prácticas asertivas de la sexualidad, entonces ¿qué está
sucediendo con esos saberes?
Por otro lado, la escuela busca con
las Reformas Educativas, iniciar procesos, hacerlos/as competentes para que
ellos/as tomen sus propias decisiones académicas, sean sujetas/os críticas/os,
reflexivas/os y autónomas/os de sus procesos de construcción de conocimiento;
que puedan relacionar las habilidades adquiridas en las aulas con situaciones
de su vida cotidiana, al menos eso plantean. Sin embargo, considero que hay que
ir más allá de las estrategias gubernamentales, que son importantes por ser las
formas en que las políticas públicas se concretizan. Hay que indagar entre las
y los jóvenes con quienes he intercambiado experiencias e intereses, de los que
he aprendido que la libertad implica conocer la realidad a la que se pretende
transformar por amor, solidaridad y justicia en la configuración de una
sociedad en la que la diversidad de expresiones y experiencias nos enriquezcan
y no limiten o coaccionen la sexualidad y los derechos sexuales.
Para ello refiero que la sexualidad ha
sido construida desde la complejidad de los hechos y fenómenos biológicos,
sociales y culturales que generan normas que han orientado y limitado el
ejercicio de la misma y han construido socioculturalmente lo que significa ser
mujer u hombre dando valor a las actitudes de cada género. Reglamentando las
relacionadas con el cuerpo, la sensualidad, el erotismo, el placer, el deseo;
el conocimiento de nuestra corporeidad y la reproducción. Es decir, la
sexualidad está sujeta a una construcción social que valora y legitima las experiencias
sexuales enmarcadas en un contexto sociohistórico marcado por un sistema de
organización patriarcal, basado en la diferencia sexual que sobrevalora a los
hombres e inferioriza a las mujeres, estructurando relaciones asimétricas. Es
importante analizar los esquemas simbólicos que estructuran los mitos, las
actitudes, los gestos, los dogmas, las carencias entorno a los cuerpos sexuados
de las y los jóvenes que constituyen la cultura subjetivizada de pautas de
significados.
La escuela reproduce por ser “… como
cualquier ámbito institucional, escenario de procesos de coerción y de
consenso. La coerción siempre ha sido denunciada donde ocurre en sus formas más
abiertas y violentas: el disciplinamiento del cuerpo”[2]
haciendo efectiva esta coerción al prohibir, vigilar, juzgar, violentar su
derecho a un ejercicio placentero y libre de su sexualidad, a decidir cuándo,
con quién iniciar su vida sexual y qué tipo de protección utilizar. Aspectos
casi siempre marcados por una tradición moral y religiosa sobre el cuerpo y la
sexualidad en la que prevalece el imaginario del matrimonio y la reproducción
como única posibilidad de ejercerla. Limitan el ejercicio pleno de la
sexualidad de las y los jóvenes.
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